El amor huele a café, Nieves García Bautista

[…] Pero lo que más odiaba en este mundo eran los espejos. Esos artilugios del demonio habían sido creados, sin duda, para admiración de las bellas y tortura de las feas. […]

[…] Rosa se tumbó al lado de su esposa y abrazó su frágil cuerpo con delicadeza infinita, no fuera a despertarla de su tranquilo sueño. […]