visitor@morenitux.dev:~$

$ cat blog.title

Blog Personal de Jose Luis Moreno 

# code • mobility • rock • thoughts

# Sin categorizar

Temas que no necesitan una categoría o que no encajan en ninguna otra categoría existente

Después de un año —y un poco más— de vivir el día a día con nuestro hijo, con sus risas, sus avances, sus pequeñas frustraciones y sus grandes descubrimientos, algo dentro de mí comenzó a insistirme en que había una historia sin resolver. Una incomodidad que mi esposa y yo compartimos a lo largo de casi dos años y que hoy vuelve a hacer ruido, no desde el enojo o la queja, sino desde las ganas de cambiar las cosas.

La ciudad en la que vivimos está llena de opciones: lugares para comer, para tomar café, para pasar un rato en familia. Pero aunque parezca increíble, cuando se trata de salir con un bebé o un niño menor de dos años, las opciones se reducen drásticamente. Nos dimos cuenta de que la mayoría de los espacios no estaban pensados para nosotros, o mejor dicho, para él. A veces bastaba con que no hubiera un cambiador de pañales, otras veces con que no existiera un rincón seguro para que jugara. Y cuando sí encontrábamos algo que más o menos cumplía con lo básico, aparecían nuevas barreras: reglas que excluían a niños menores de cierta edad, dinámicas poco inclusivas o simplemente un entorno que, aunque bonito, no consideraba que hay niños que aprenden y disfrutan de formas distintas.

Recuerdo que en muchas de esas salidas, nuestra atención estaba dividida. Por un lado, queríamos disfrutar del momento, del lugar, de la compañía. Pero por el otro, estábamos todo el tiempo pendientes de si nuestro hijo tenía cómo entretenerse, si podía jugar con seguridad, si no se aburriría demasiado rápido, si habría otros niños, si el espacio realmente lo incluía. Y no era que quisiéramos una atención especial, simplemente queríamos lo básico: que él también disfrutara, que se sintiera parte del plan familiar, que pudiera explorar, moverse, conectarse con otros.

Pero una y otra vez nos topábamos con lo mismo. Lugares bonitos pero mal pensados para niños pequeños. Normas rígidas que dejaban fuera a los menores de dos años, como si antes de esa edad no existieran las ganas de jugar, de trepar, de descubrir el mundo. Y sí, claro que mi hijo desde el primer año ya se subía a juegos de niños más grandes. Claro que podía. Pero no era suficiente. Si el letrero decía “a partir de los 2 años”, no había discusión. Y nosotros nos quedábamos ahí, viéndolo con ganas de participar y con pocas o nulas alternativas.

Con el tiempo, y como suele pasarme, esa molestia se transformó en algo más. En mí comenzó a nacer de nuevo esa chispa que aparece cada vez que detecto algo que podría hacerse mejor. No sé si es porque no puedo estar quieto, porque siempre ando buscando una excusa para emprender o porque simplemente tengo una necesidad constante de construir algo propio. A veces pienso que lo hago por querer dejar de trabajar para alguien más. Otras veces creo que es por querer dejarle algo a mi hijo, a mi familia. Un patrimonio, un legado, un ejemplo. No lo sé exactamente. Lo único que sé es que cuando una idea me nace desde la experiencia personal, desde el corazón, se vuelve difícil de ignorar.

Y así, casi sin darnos cuenta, nació la idea de la ludoteca móvil. Y digo “nació”, aunque en realidad fue más bien una evolución. Porque ya había visto que existían otras similares en la ciudad. Pero al ver cómo funcionaban, los precios que manejaban, lo poco claro que era su mensaje y lo poco enfocadas que estaban en los niños más pequeños, sentí que ahí había una oportunidad real. No para copiar un modelo, sino para hacer algo distinto. Algo mejor. Algo nuestro.

Hoy puedo decir que ya dimos los primeros pasos. La marca está en proceso de registro. Los temas fiscales están en orden. Rentamos una pequeña bodega para comenzar a organizar el inventario. Contratamos una línea telefónica exclusiva para el negocio. Y, aunque parezca poco, eso ya es muchísimo. Porque lo más difícil en cualquier emprendimiento, lo más valiente, es empezar. Dar ese primer paso que cambia todo. Pasar de la idea al movimiento.

Ahora estamos a pocos días de comenzar a comprar el inventario. Ya tenemos definida la propuesta, los paquetes base, los grupos de edad. Nos estamos enfocando mucho en cuidar los costos, en hacer cada gasto de manera inteligente, sin dejarnos llevar por la emoción del arranque. Sabemos que al inicio habrá gastos inevitables: renta, servicios, traslados, adecuaciones. Pero si mantenemos una mentalidad firme, si no perdemos el norte, lograremos establecer una base sólida que nos permitirá crecer con calma, paso a paso.

No todo está resuelto. Faltan muchas cosas por definir, como la logística para llevar el servicio a distintos puntos, los tiempos de armado y desmontaje, la forma en la que ofreceremos una experiencia segura y cuidada para cada niño. Pero eso lo resolveremos en el camino. Lo importante es que la idea ya no está en el aire. Ya es un plan. Ya es un proyecto en marcha. Ya es real.

Y aunque no sé cuánto tiempo va a durar este negocio —si serán meses, años o quizá una puerta hacia algo más grande— tengo el presentimiento de que algo bueno va a salir de aquí. Lo siento muy dentro. Quizá esa vieja idea de tener algún día un restaurante familiar, donde padres e hijos pudieran compartir sin renunciar cada uno a su propio disfrute, se esté reformulando con esta ludoteca móvil. Quizá esto sea solo el inicio de una nueva etapa donde podamos combinar diversión para los niños con espacios de descanso, conexión o trabajo para los papás. No lo sé. Lo que sí sé es que primero hay que empezar. Y hacerlo bien.

Hoy miro hacia atrás y veo todos esos momentos en los que buscamos espacios para nuestro hijo y no los encontramos. Y me doy cuenta de que esas pequeñas frustraciones, en realidad, eran parte del camino. Que todo eso era necesario para que hoy, con más claridad y fuerza, me animara a intentarlo. A emprender con causa. A construir algo que no solo beneficie a mi familia, sino también a otras muchas que seguramente han sentido lo mismo que nosotros.

Ojalá que dentro de algunos años, pueda volver a leer estas líneas y sonreír. Que recuerde este momento como el inicio de algo importante. Que pueda decir, con orgullo, que valió la pena. Que fue difícil, pero hermoso. Que ayudamos a muchas familias a disfrutar mejor de sus eventos, a pasar tiempo de calidad con sus hijos, a encontrar ese espacio que nosotros tanto buscamos y no encontrábamos.

Y sobre todo, que lo hicimos con el corazón en las manos y con la convicción de que jugar, reír y convivir también debe ser un derecho de los más pequeños. Porque al final, ellos también merecen disfrutar de este mundo. Y nosotros, como adultos, tenemos la responsabilidad —y el privilegio— de ayudar a que eso suceda.

Chao!.

Hoy no vengo con una historia bien contada, ni con una idea completamente formada. Vengo con pensamientos sueltos, como suelen estar en mi cabeza la mayoría del tiempo. Esta entrada es más un desahogo que otra cosa. Una forma de poner orden dentro del caos que a veces soy yo mismo. 

Últimamente, he sentido que tengo la mente saturada. Hay muchas ideas que me rondan, muchas ganas de hacer cosas, pero también mucho ruido. Y ese ruido se disfraza de distracción, de dudas, de cansancio. Tengo una lista interminable de lo que quiero lograr: mejorar mi inglés, programar mejor en C++, retomar la música, leer más, aprender cosas nuevas, incluso mejorar mi presencia en redes… pero cuando trato de priorizar, todo se revuelve otra vez. 

Me cuestiono mucho. ¿Estoy persiguiendo mis verdaderos deseos o solo estoy tratando de impresionar a alguien? ¿Esto que quiero hacer lo deseo de corazón o es una forma de llenar vacíos? A veces lo sé. A veces no. 

Y no es que me sienta perdido del todo. Hay cosas que me anclan. Mi esposa, por ejemplo, tiene una forma tan particular de traerme de vuelta a tierra. Su manera de decirme las cosas, de estar presente, me recuerda que no tengo que tener todas las respuestas ahora mismo. Y mi hijo… él es ese pequeño motor que me impulsa a ser mejor. Sé que quiero dejarle un legado, algo que le inspire, algo que le sirva. 

He estado programando más, y eso me ha ayudado. El código me calma. Me enfoca. Hace que los días en el trabajo pasen más rápido y me da esa sensación de estar creando algo útil. Pero he perdido constancia en otras áreas como el inglés, y no tengo una explicación clara. Solo sé que me cuesta mantener el ritmo, que mis pensamientos van tan rápido que mi cuerpo a veces no los alcanza, y lo resiente. Literalmente. El estrés me somatiza en las manos. 

Hoy, regresando del trabajo, decidí escuchar música de esa que te estruja el alma. Y entre canción y canción pensé: “quizá debería empezar a meditar”. Lo he leído, lo he escuchado, sé que ayuda. Pero, ¿y si empiezo con muchas ganas y luego lo dejo como tantas otras cosas? 

Me cuestiono incluso el uso de mis redes sociales. Las he ajustado, pero sé que no era realmente necesario. ¿Estoy buscando validación? ¿Estoy huyendo de mí mismo? A veces solo quiero quedarme con este blog, con Instagram para lo visual y Mastodon para lo que quiero decir sin tanto filtro. Pero luego algo me impulsa a querer estar presente en todos lados, como si eso fuera una forma de sentir que existo o que avanzo.

Lo cierto es que quiero cambiar. Quiero mejorar. Quiero ser una mejor versión de mí. Y quizá este blog sea parte del camino.

Llevo semanas —quizá meses— con una sensación difícil de ignorar. No se trata de un problema concreto, sino más bien de un cosquilleo constante: una incomodidad silenciosa que se ha ido colando en mis días laborales y mis pensamientos más íntimos. En lo profesional, me siento estancado. No porque no trabaje, ni porque no lo haga con responsabilidad; simplemente, siento que ya no hay para dónde crecer en el lugar en el que estoy.

La administración actual en mi empleo ha generado cierto roce conmigo, y aunque no me han despedido ni algo por el estilo, el ambiente no da para más. No hay ascensos, no hay nuevos retos, no hay apertura. Y eso me pesa. Al mismo tiempo, no puedo tomar decisiones a la ligera. Tengo una familia que depende de mí, y el ingreso que hoy tengo me permite cumplir con mis responsabilidades. Sería mentirme si dijera que no tengo miedo de soltar eso sin una red que me sostenga.

Pero aquí viene lo más importante: dentro de mí, en lo profundo, sigue latiendo una llama. Es ese viejo deseo de tener algo propio, de emprender un negocio, de arriesgarme con una idea —aunque todavía no sé bien cuál. Es una sensación mezcla de ilusión y vértigo. A veces pienso si esa idea nace desde la frustración del trabajo actual, o si es una auténtica llamada del corazón.

Y como si eso fuera poco, hay otra voz interna que no he dejado de escuchar: la de mi yo programador. Ese que encontraba paz al escribir código, que disfrutaba construir soluciones, diseñar páginas web, perderme entre líneas de lógica. No era un experto, pero sí alguien que encontraba satisfacción genuina en crear desde cero. Últimamente, esa parte de mí ha empezado a hablar más fuerte. Me cuestiono si no será momento de regresar a eso, incluso aunque implique un giro profesional muy distinto al que tengo hoy.

Con todo esto en la cabeza, me pregunté: ¿estoy desvariando? ¿Estoy queriendo huir? ¿O estoy, por fin, escuchándome?

Después de reflexionar y hablar conmigo mismo con brutal honestidad, llegué a una conclusión: no estoy perdido. Estoy despertando.

No se trata de una crisis, sino de una transición. No es que quiera huir de mi vida, sino que mi alma me está pidiendo que me mueva. Y lo haré, pero con estrategia. Con cabeza y con corazón.

He decidido que mi próximo paso será múltiple.

Mantener mi trabajo actual, pero con otra actitud

Mientras no tenga una opción sólida, seguiré cumpliendo con mis responsabilidades. Pero ya no lo veré como mi destino, sino como mi base de operaciones. No permitiré que me drene emocionalmente, ni que me consuma. Es un medio, no un fin.

Volver al código: reencontrarme con el programador que fui

Voy a dedicar tiempo (no importa si son noches o fines de semana) a practicar programación otra vez. A recuperar la habilidad, el ritmo y la emoción. Quizá sea el paso para cambiar de empleo, o quizá sea el fundamento de un futuro negocio propio. Pero voy a reconectarme con esa parte de mí que se siente viva al crear.

Explorar con método la idea de emprender

No me lanzaré al vacío, pero tampoco ignoraré la llamada. Voy a investigar, analizar, escribir ideas, estudiar modelos. Puede ser una franquicia, una tienda de productos mexicanos, un servicio digital, o algo que aún no imagino. Pero empezaré a construir esa idea poco a poco. Sin prisa, pero sin pausa.

Esto no es un plan definitivo. Es el inicio de un camino. Un mapa que trazaré con calma, sin dejarme vencer por el miedo, pero sin negar que existe. Porque a veces, el miedo no es un enemigo: es un guardián que nos pide avanzar con inteligencia.

Y si alguna vez me vuelvo a perder, si la rutina me atrapa otra vez o si dudo de mí mismo, volveré a leer estas líneas. Porque aquí está el recordatorio de que no estoy atrapado: estoy despertando hacia una nueva etapa de mi vida.

Y eso ya es un gran primer paso.

Mi querido Noah,

A veces todavía te digo “mi bebé”, aunque tú ya bien sabes que no lo eres. Te aferras con orgullo a ser un niño grande, y cómo no, si te lo has ganado con creces. En estos últimos meses hemos empezado a ver más de ti, de tu carácter, de esa forma tan tuya de ser, y me emociona pensar en la persona en la que te estás convirtiendo.

Cada día haces algo nuevo. Ya vas solo a la cocina, abres el refri buscando algo de comer como si nada, y hasta quieres ir solo al baño, aunque todavía vamos contigo —por si acaso. Y yo ya empiezo a sentir que no falta mucho para que nos pidas tu propia cama, tu espacio. Aunque la verdad, dormir los tres apretados sigue siendo uno de los momentos más bonitos del día. Yo hago como que me quejo, pero me encanta tenerte cerca, escuchar tu respiración mientras dormimos los tres juntitos.

Me da tanta alegría verte hablar más con la familia, y escuchar como nos dices que mamá y papá somos tus mejores amigos del mundo —sobre todo después de esas batallas de almohadas y los brincos en la "alberca" de cojines que armamos en la sala. Son momentos que parecen simples, pero que para mí se quedan grabados.

Todo de ti me gusta, incluso cuando nos haces enojar un poquito con tus travesuras y tu carácter fuerte. Eres rebelde, sí, pero también eres un niño noble, con un corazón enorme. Tu mamá está haciendo un trabajo increíble contigo. Yo a veces me paso de permisivo, lo sé, y por eso ella me regaña. Pero ahí voy, aprendiendo también.

Te amamos muchísimo, flaquito. Aquí seguimos, siempre para ti. Ser tu papá ha sido lo más increíble que me ha pasado.

Con todo mi amor,
Amigo Papá

Últimamente he estado reflexionando mucho sobre la autorealización. Me pregunto si, para sentir que estoy verdaderamente vivo, necesito experimentar inseguridad, miedo o incluso cierta incomodidad. Quizás esas sensaciones no son señales de alarma, sino motores para avanzar, para atreverme a dar ese siguiente paso… antes de que ya no pueda dar más.

Siento que estoy a nada de tomar una decisión que puede cambiar mi vida (nuestra vida) de forma extraordinaria. Una decisión que, más allá del momento en que se tome, tiene que estar escrita en papel, con claridad, con propósito. Porque lo que haga hoy puede marcar la diferencia en lo que seamos dentro de cinco años.

En lo profesional, me he dado cuenta de que disfruto los altibajos. Claro que prefiero los momentos buenos, los logros, las satisfacciones. Pero también he aprendido a tolerar los tragos amargos, porque son parte de esta montaña rusa. Al final, todo suma: lo dulce, lo difícil, lo inesperado… todo aporta a mi crecimiento.

Si este cambio que estoy considerando llega a darse, no será algo repentino. No pretendo romper con todo lo anterior, sino evolucionar, ajustar lo que sea necesario, transformar los planes con el tiempo y, si es posible, mejorarlos. La idea es avanzar, no huir. Rediseñar con sentido.

A veces, estas ideas me rondan la cabeza sin parar. Me cuestiono: ¿necesito esto para sentirme vivo? ¿No debería bastarme lo que ya tengo? ¿Acaso la autorealización es una meta real o solo una ilusión que dibujo en mi mente cada día?

Me gusta aventurarme, aunque no siempre tenga respuestas. Y sí, muchas veces no hay camino de regreso. Pero, ¿acaso hay alguna garantía de que, si algo falla, lo siguiente será mejor? No. Y aun así, lo intento. Porque quiero sentirme útil. Quiero vivir experiencias que valgan la pena. Quiero retarme. Quiero saber que puedo más.

Mucha gente busca seguridad laboral. Yo también. Pero con el paso de los años, esa seguridad me empieza a quedar corta. Me empiezo a sentir incompleto. Entonces vuelvo a observar, a detectar fallos, necesidades, áreas de oportunidad. Ahí es donde me entrego por completo. Me importa dejar huella. Me importa que lo que hago tenga impacto, aunque sea pequeño.

Hace poco me preguntaron si había algún proyecto que me hubiera dejado verdaderamente satisfecho. Y la verdad es que, en cada lugar donde he trabajado, he tratado de dejar un granito de arena. Eso es lo que me impulsa: sentir que lo que hice sirvió para algo, que ayudó, que marcó una diferencia. Y si logré hacer eso una vez, sé que puedo hacerlo de nuevo.

Hoy me siento completo. Me siento motivado, seguro, acompañado. Y eso es justo lo que necesito para subir el siguiente peldaño en esta escalera que es la vida. Porque sé que cuando llegue al penúltimo escalón de mi autorealización, el miedo volverá. Pero también volverán las ganas de seguir subiendo, de lanzarme otra vez a la incertidumbre de lo que sigue, del siguiente reto.

Así será hasta que mi mente y mi corazón dejen de ser lo que hasta hoy son.

Primeras ventas: dulces y caramelos en la escuela

Antes de llegar a donde estoy ahora, en primaria se me ocurrió vender dulces en clase. Algo me decía que la cooperativa de la hora del recreo ganaba mucho dinero por vender dulces, papas y refrescos, y fue cuando en casa le dije a mamá que me ayudara a vender dulces en la escuela. 

Al inicio todo comenzó llevando una caja de zapatos llena de diversos dulces; yo encantado llegaba a casa con la caja vacía y con las bolsas llenas de morralla, pasado el tiempo decidí vender más, y la caja de zapatos se convirtió en una mochila tan grande como la de mis útiles. Era un manjar de dulces para vender y dinero que me estaba ganando. Claro que mamá jamás me quitaba el dinero. Me dejaba ahorrarlo. Yo tan pequeño que diablos iba a saber de reinvertir en más producto o de ahorros. Yo solo quería vender mucho. Todo terminó cuando unos compañeros comenzaron a imitarme (y los maestros se enteraron), esa experiencia me mostró el sabor -y el reto- de las ventas.

El efecto de tratar con clientes pequeños: de los caramelos al soporte técnico de computadoras.

El espíritu se traslado a mi pasión por las computadoras. Ya para cuando tenía 12 años, empece a ofrecer mis servicios de reparación a amigos y conocidos de mamá y papá, repartiendo mis propias tarjetas de presentación. Durante la secundaria, y universidad, a medida que fui perfeccionando mi habilidades, aprendí no solo a arreglar equipos, sino también a comunicarme, a transmitir confianza y a convencer a mi compañeros -de diferentes carreras- de que sus computadoras podían estar en mejores manos.

Una vez que se consolidó mi interés en la tecnología, decidí trabajar en soporte técnico. A través de un familiar logré entrar a una empresa de publicidad donde, además de brindar soporte en campo, aprendí a trabajar con diversos sistemas operativos (incluso me introdujeron al mundo del software libre y la programación).

Aunque mi “negocio” de soporte técnico me permitió ganar experiencia y conocer gente, también comprendí que, si bien la tecnología es fascinante, en el fondo mi inquietud era algo más: emprender y conectar con clientes de forma directa.

Más allá del hardware: Emprendiendo en el desarrollo web. 

Más adelante, impulsado por mi interés de la tecnología, el software libre y la programación, me aventuré a desarrollar sitios y a optimizar palabras clave para atraer tráfico a las páginas de mis clientes. Sin embargo, el deseo de emprender siempre parecía empujarme hacia nuevas ideas.

Emprendiendo en nuevos horizontes

La sed de nuevos desafíos no se detuvo. Tras casarme y formar mi propia familia, junto a mi esposa emprendí una taquería temporal en una romería cercana. Empezamos en un espacio reducido, con una oferta limitada –4 sabores de tacos y 2 tipos de refrescos–, pero el éxito nos impulsó a ampliar el local y contratar personal. 

En la segunda, tercera y cuarta temporada, el negocio creció hasta contar con un equipo de 13 o 14 personas. Lamentablemente, la pandemia y las normativas de salubridad frenaron la continuidad de esta iniciativa, pero nos dejó un valioso aprendizaje sobre inventarios, proveedores y la importancia de saber escalar un negocio.

La aventura con la “flotilla” y el dilema de los libros

Durante la pandemia, intenté diversificarme con un negocio de renta de automóviles para conductores de plataformas como Uber. La idea era simple: adquirir vehículos y obtener ingresos de las rentas semanales. La realidad, sin embargo, fue otra. Los gastos de mantenimiento y la complejidad operativa hicieron que la inversión se transformara en un desgaste emocional y económico, y terminé vendiendo el carro.

Más recientemente, me enfrenté a un nuevo desafío: la mudanza y la necesidad de desapegarme de mi extenso acervo de libros. Siempre me ha gustado leer y, en mi antigua casa –más espaciosa– podía almacenar mis libros sin problema. Pero en el lugar en el que vivo ahora, el espacio es limitado. La solución se presentó de forma inesperada: venderlos en línea.

Aunque al principio me preocupaba que este negocio fuera demasiado complejo, descubrí que, con las plataformas adecuadas (Facebook Marketplace, MercadoLibre, Amazon), podía ofrecer mis libros usados de manera sencilla. No es un negocio que me apasione por sí mismo, pero me ha abierto la mente a nuevas posibilidades y me ha demostrado que siempre hay oportunidades para emprender, incluso en áreas que parecían ajenas a mis intereses iniciales.

El motor que impulsa cada emprendimiento

¿Qué es lo que me sigue motivando a probar, a arriesgar y a reinventarme? Es, sin duda, ese impulso de querer vender más, de generar ingresos y, sobre todo, de no conformarme. A pesar de los fracasos o de los proyectos que no han salido como esperaba, cada experiencia me ha enseñado algo valioso. Sí, el miedo al fracaso ha estado siempre presente, pero también lo ha estado la convicción de que, en algún momento, algo grande se gestará.

He intentado varios negocios a lo largo del tiempo: desde ventas de dulces en la escuela, reparaciones de computadoras y desarrollo web, hasta taquerías, renta de automóviles y ahora la venta de libros. Ninguno me ha llenado completamente, pero cada uno me ha permitido crecer y comprender mejor lo que quiero lograr.

Mirando hacia el futuro

Hoy, casado y con un hijo, me encuentro en una nueva etapa. Estoy reflexionando sobre el valor de desaprender viejos hábitos y abrirme a nuevas ideas. La experiencia me ha enseñado que el camino del emprendedor está lleno de giros inesperados, que el miedo forma parte del proceso y que cada intento –por más pequeño o aparentemente fallido– es un peldaño hacia algo mejor.

No sé exactamente cuál será mi próximo gran proyecto, pero sí tengo la certeza de que, mientras mantenga viva esa pasión por explorar, innovar y aprender, algo bueno está por llegar.

Chao!

A veces me pregunto si escribo más rápido en el teclado de lo que podría plasmar mis pensamientos a mano. Y quizá sea cierto, porque hoy quiero compartir un poco sobre una decisión importante que estamos por tomar en casa: cambiar de auto.

Para algunos, esto puede parecer un paso sencillo, casi automático. Pero la realidad es que implica una decisión bien pensada, considerando varias opciones y evaluando qué es lo mejor para nuestra familia.

Nuestro carrito nos ha acompañado durante años, pero ha llegado al punto en el que mantenerlo con garantías de agencia resulta más costoso que el propio beneficio. Así que sí, es momento de cambiarlo. Y con ello vienen muchas preguntas.

¿Qué tipo de auto necesitamos?

Lo primero es elegir un coche que nos guste y se ajuste a nuestras necesidades. Somos una familia pequeña, por lo que una camioneta grande no es indispensable. Sin embargo, me ronda una idea en la cabeza: si no aprovecho ahora que puedo hacerlo, tal vez más adelante no tenga la oportunidad. Y es que este cambio no es solo por comodidad, sino porque hay muchos otros planes en juego.

Una SUV nos daría más espacio y confort en la ciudad, algo que un sedán no puede ofrecer en la misma medida. Pero aquí es donde entra una de las decisiones más complejas: optar por un auto usado. Aunque lo vendan como "seminuevo", la realidad es que cada coche tiene una historia que desconocemos. Por eso, al buscar opciones, siempre hago la misma pregunta a los vendedores: quiero saber más sobre el vehículo.

Además de esto, hay otros aspectos mecánicos y eléctricos que también estamos considerando, aunque eso daría para otra conversación.

El otro gran factor: la documentación

Comprar un auto nuevo te evita muchos problemas legales, pero esa tranquilidad tiene un precio: financiamientos largos con intereses elevados. Y haciendo cuentas, eso simplemente no es una opción viable para nuestra salud financiera.

Por eso, la clave está en encontrar algo que podamos pagar sin comprometer nuestras finanzas. Algo que realmente disfrutemos sin convertirlo en una carga.

Ahora solo queda analizar bien las opciones que hemos encontrado y tomar la mejor decisión posible. ¡Espero que logremos dar en el clavo!

Nos leemos pronto. ¡Chao!

Nuestra vida cambió por completo, y aunque ya no es tan fácil salir espontáneamente al cine, tomar un café o escaparnos de la rutina sin mucho plan, ahora todo tiene un nuevo propósito. Lo que antes parecía sencillo, hoy requiere organización, porque nuestra vida ya no es solo nuestra: hace dos años que somos tres.
Tus días están llenos de mil tareas, y lo noto. Tus brazos se han convertido en refugio y tus horas ya no son solo tuyas. Sé que ahora el tiempo para arreglarnos o para nosotros mismos es más escaso, y que elegimos la comodidad antes que lo que solíamos usar para vernos más sexis, uno para el otro. Pero ¿sabes algo? Para mí que seguimos siendo una pareja increíble. Nuestra cama, que antes era solo nuestra, ahora es territorio compartido con nuestro pequeño explorador. Y aunque las cosas han cambiado, no dejamos de encontrar momentos para ser "nosotros", incluso cuando parece que no hay tiempo.
Entre el desorden de juguetes, el ruido y las tareas diarias, te veo. A veces desde el otro lado de la mesa o mientras sostienes a nuestro hijo. En esos momentos, somos más que papá y mamá; seguimos siendo compañeros de vida, cómplices en esta aventura que a veces es caótica, pero siempre vale la pena. Cada mirada que compartimos me recuerda que estoy en el lugar correcto, contigo y con él.
Sé que no siempre tengo las palabras o el gesto adecuado, y a veces el cansancio también me supera, pero valoro cada esfuerzo que haces. Lo estás haciendo increíble, y quiero que lo sepas. Algún día, tendremos tiempo para nosotros otra vez, para escaparnos sin prisas o recuperar la cama como nuestro espacio. Pero mientras tanto, sigamos abrazándonos, sosteniéndonos, porque lo que estamos construyendo ahora como familia es algo único. Nuestro amor es la base de todo, y no importa cuánto cambien las cosas, siempre estaré aquí, contigo y para mí pequeño gran cabecilla.
Con cariño.

[…] Por último, debes tener la mentalidad de un guerrero. El dolor y el esfuerzo asustan a la sociedad moderna. [...]
[…] objetivos principales podemos nombrar: Ganar fuerza. Ganar potencia. Ganar masa muscular. Ganar resistencia. [...]
[…] objetivo del entrenamiento es mantener un metabolismo saludable, construir músculo e impactar las hormonas de manera favorable. [...]
[…] No podrás cambiar tu cuerpo si no cambias antes tu mente, tu forma de pensar.  El primer ‘músculo’ que debes trabajar es tu cerebro. [...]
[…] Necesitas velocidad, fuerza, explosividad, resistencia, equilibrio…, debes ser un atleta completo, y evitar la especialización. [...]
[…] fin último de saber luchar es no tener que hacerlo“. [...]
[…] Entrenamientos aleatorios generan resultados aleatorios. Por este motivo, si buscas resultados concretos, debe haber cierta lógica y programación en tus entrenamientos. [...]
[…] Entrena para vivir más y mejor, no para quemar calorías. [...]
[…] En general la gente busca objetivos como bajar de peso o parecerse a la modelo de alguna portada de revista. Sin embargo, estos son simplemente resultados que obtendrás al perseguir los objetivos principales [...]
[…] Cómo te ves en el espejo es importante, pero más importante es lo que tu cuerpo puede hacer. [...]
[…] Como decía Tyler Durden en el Club de la Lucha, “¿Cuánto puedes conocerte realmente si nunca has estado en una pelea?” [...]
[…] “Juzga a un hombre por sus preguntas más que por sus respuestas” .- Voltaire [...]
[…] “Deberías ser capaz de salvar tu propia vida. Deberías poder nadar una buena distancia, correr rápido en caso de emergencia, levantar tu propio cuerpo varias veces (dominada) y saltar una altura razonable” .–  [...]
[…] ¨Un ser humano debería ser capaz de cambiar un pañal, planear una invasión, despedazar un cerdo, hacer una barca, diseñar un edificio, escribir un soneto, llevar la contabilidad, levantar una pared, expresarse en otro idioma, arreglar un hueso roto, confortar a un moribundo, obedecer órdenes, dar órdenes, cooperar, actuar en solitario, resolver ecuaciones, analizar un nuevo problema, esparcir estiércol, programar un ordenador, cocinar una comida sabrosa, sufrir con entereza y luchar eficientemente. La especialización es para los insectos¨.  Robert A. Heinlein [...]

[…] ¿qué dolor deseas en la vida?, ¿por qué estás dispuesto a luchar? [...]
[…] ¿Te has dado cuenta de que a veces, cuando algo deja de importante tanto, sale mejor? Fíjate como, en ocasiones, la persona que menos se interesa en el éxito es quien lo logra. [...]
[…] “Algún día, en retrospectiva, los años de esfuerzo te parecerán los más hermosos”. [...]
[…] “El hombre que cree que sabe todo, no aprende nada”. [...]
[…] “El temor a la muerte deriva del temor a la vida. Un hombre que vive plenamente está preparado para morir en cualquier momento”. [...]
[…] “Nunca serás feliz si continúas buscando en qué consiste la felicidad. Nunca vivirás si estás buscando el significado de la vida”. [...]
[…] “Oye, éste es mi problema, no tienes que resolverlo por mí. Solo apóyame mientras yo lo soluciono”. [...]
[…] “Si estás atorado en un problema, no te sientes a pesar en él; comienza a trabajar en él. Incluso si no sabes lo que estás haciendo, el simple acto de trabajar en él eventualmente propiciará que las buenas ideas surjan de tu mente”. [...]
[…] “Yo no escogí esta genética de porquería, así que no es mi culpa si todo sale mal”. [...]
[…] Algunos de los mejores momentos en nuestra vida no son placenteros, no son exitosos, no son reconocidos y no son positivos. [...]
[…] Anhelan ser alguien que no se agita por nada y no cede ante nadie. [...]
[…] Aquel dolor muscular que persigues en el gimnasio se cristaliza en mejor salud y energía. [...]
[…] comprensión de que somos, individualmente, responsables de todo en nuestras vidas, sin importar las circunstancias externas. [...]
[…] Cualquier cosa que sacuda ese confort —incluso si podría mejorar tu vida de manera trascendente—, causa miedo inherentemente. [...]
[…] Cuando finalmente te sientes cómodo con toda la suciedad que la vida te lanzará (y te arrojará mucha suciedad, créeme), entonces te vuelves invencible en una forma espiritual. [...]
[…] Dabrowksi discutía que el miedo, la ansiedad y la tristeza no necesariamente son siempre estados mentales indeseables o inútiles, por lo general son representativos del dolor necesario para el crecimiento psicológico. Negar ese dolor es negar nuestro propio potencial. [...]
[…] Después de todo, la única manera de superar el dolor es aprendiendo a soportarlo primero. [...]
[…] El amor sano surge cuando dos personas reconocen y manejan sus propios problemas con el apoyo mutuo, como pareja. [...]
[…] El autocuestionamiento honesto es difícil de lograr. [...]
[…] El conocimiento y la aceptación de tu propia existencia mundana, de hecho, te liberarán, para que logres lo que siempre soñaste conseguir, sin juicios ni expectativas inalcanzables. [...]
[…] El deseo de una experiencia más positiva es, en sí misma, una experiencia negativa. Y, paradójicamente, la aceptación de la experiencia negativa es, en sí misma, una experiencia positiva. [...]
[…] elegir valores que vayan más allá de servirte a ti, valores simples, inmediatos, controlables y tolerantes al caótico mundo que te rodea. Ésta es la raíz de la felicidad. [...]
[…] Empezar un pequeño negocio con amigos y sufrir por llegar a la quincena nos hace más felices que comprar una nueva computadora. [...]
[…] En el largo plazo, completar un maratón nos hace más felices que comernos un pastel de chocolate. [...]
[…] es el crecimiento lo que genera felicidad, no una larga lista de logros arbitrarios. [...]
[…] Es la Ley de Retrocesión de nuevo: mientras más tratas de tener certeza sobre algo, más dudoso e inseguro te sentirás. [...]
[…] Es mucho más útil asumir que eres ignorante y que no sabes mucho. Eso te mantiene libre de creencias mediocres y promueve un estado constante de aprendizaje y crecimiento. [...]
[…] Ese metro de distancia es el límite absoluto para la mayoría de la gente. Estás suficientemente cerca como para inclinarte hacia adelante y ver el fondo, pero aún estás suficientemente lejos como para sentir que no te expones a un riesgo real de matarte. [...]
[…] Estamos muy bien acomodados en términos materiales y, sin embargo, muy atormentados psicológicamente por problemas menores y superficiales. [...]
[…] Este Maldito círculo vicioso del sobreanálisis se ha convertido casi en una epidemia; a muchos nos pone más estresados, más neuróticos, y propicia que nos despreciemos más. [...]
[…] etcétera. Pero necesitamos rechazar algo; de otro modo, no mantenemos ninguna postura hacia nada. [...]
[…] honestidad en mi relación es más importante que el que yo me sienta bien todo el tiempo. [...]
[…] Incluso un comportamiento tan simple como ver de reojo los mensajes de texto de tu novio o pedirle a un amigo que te cuente lo que los demás dicen de ti, es originado por la inseguridad y ese doloroso deseo de estar seguro. [...]
[…] incluyendo las partes que no nos encantan. Y de una forma extraña esto es liberador. Ya no necesitamos que todo nos importe. La vida es lo que es; la aceptamos, con todo y verrugas. [...]
[…] Involucran dolor, lucha, incluso enojo y desesperación, pero una vez que las hemos logrado, todos pensaremos en ellas con los ojos llenos de lágrimas mientras se las contamos a nuestros nietos. [...]
[…] Justamente porque significaba algo, fueron capaces de soportarlo, o quizás, incluso, de disfrutarlo. [...]
[…] La acción no sólo es efecto de la motivación; también es causa de ella. [...]
[…] La clave para una buena vida no es que te importen muchas cosas; es que importen menos, para que en realidad te importe lo que es verdadero, inmediato y trascendente. [...]
[…] la criatura que está medianamente insatisfecha y que es insegura, es la que hará el trabajo más innovador y sobrevivirá. [...]
[…] La gente mala nunca cree que es mala; por el contrario, cree que todos los demás son malos. [...]
[…] La gente que se vuelve estupenda en algo lo consigue porque comprende que no ha alcanzado esa genialidad —que es mediocre, que es promedio— y que podría ser mucho mejor. [...]
[…] la libertad absoluta, en sí misma, no significa nada. [...]
[…] La muerte es lo único que podemos saber con certeza, y como tal, debe ser el compás a través del cual orientemos nuestros otros valores y decisiones. [...]
[…] la persona asume la responsabilidad por problemas o emociones que no le pertenecen o está demandando que alguien más asuma la responsabilidad por sus problemas o emociones. [...]
[…] La verdadera felicidad sólo ocurre cuando encuentras los problemas que disfrutas tener y resolver. [...]
[…] La vida se trata de no saber y luego hacer algo de todas formas. Toda la vida es así. Nunca cambia. [...]
[…] Las raras personas que sí se vuelven de verdad excepcionales en algo lo hacen no porque crean que son excepcionales. Por el contrario, se tornan asombrosas porque están obsesionadas con la mejoría. [...]
[…] le damos demasiada importancia a algo, porque otorgarle importancia a algo es lo único que nos distrae de nuestra realidad y de la inevitabilidad de nuestra propia muerte. [...]
[…] Ley de Murphy: “Lo que puede salir mal, saldrá mal”. [...]
[…] Ley de Parkinson: “El trabajo se expande para llenar el tiempo disponible para su realización”. [...]
[…] Lo que determina tu éxito no es qué quieres disfrutar. La pregunta relevante es qué dolor quieres continuar. [...]
[…] Lo sentimos, no podemos mostrar este tipo de contenido. [...]
[…] Los estoicos de la antigua Grecia y Roma recomendaban a las personas que tuvieran presente a la muerte en todo momento, de modo que apreciaran más la vida [...]
[…] Los humanos a veces eligen dedicar grandes porciones de su vida a lo que parecieran causas destructivas o inútiles. [...]
[…] los medios masivos, que constantemente nos exponen a éxitos estelares una y otra vez, mientras que no nos muestran las miles de horas de práctica aburrida y tediosa que se requirieron para alcanzar ese éxito. [...]
[…] Los problemas nunca terminan, simplemente se intercambian o se mejoran. [...]
[…] mídete con identidades más mundanas: un estudiante, una pareja, un amigo, un creador. [...]
[…] mientras más persigas el sentirte bien todo el tiempo, más insatisfecho estarás; pues perseguir algo sólo refuerza el hecho de que careces de ello. [...]
[…] Mientras más te desesperes por ser sensual y deseado, más feo te encontrarás, independientemente de tu apariencia física actual. [...]
[…] Mientras más viejo te vuelves, mientras más experimentado, menos te afecta cada nueva experiencia. [...]
[…] Mucha gente se obsesiona tanto con hacer todo “correctamente” en su vida que acaba por no vivirla. [...]
[…] no tenía ninguna idea de lo que estaba haciendo, pero se me ocurrió que, si iba a ser pobre y miserable, lo sería trabajando bajo mis propios términos. [...]
[…] nuestras luchas determinan nuestro éxito. [...]
[…] para compensar nuestro miedo de la pérdida inevitable de nuestro yo físico, tratamos de construir un yo conceptual que viva eternamente. [...]
[…] Para ser de verdad bueno en algo, debes dedicarle toneladas de tiempo y energía; y como tenemos un tiempo y una energía limitados, pocos nos volvemos en realidad excepcionales en más de una cosa, si es que lo logramos. [...]
[…] Pero es en la profundidad donde se esconde el oro, y tienes que mantenerte comprometido con algo y profundizar en ello para poder encontrarlo. [...]
[…] Pero más no siempre es mejor. De hecho, lo cierto es lo contrario: somos más felices con menos. [...]
[…] Por contraparte, una relación sana se da cuando dos personas resuelven sus propios problemas con el fin de sentirse bien uno respecto del otro. [...]
[…] Preferiría ganar relativamente bien y tener un empleo detestable, o sería mejor jugar al empresario de internet y ser pobre un rato? [...]
[…] Quería la recompensa, pero no el esfuerzo. Quería el resultado, pero no el proceso. Estaba enamorado, pero no con la lucha, sino con la victoria. Y la vida no funciona así. [...]
[…] Si alguien es mejor que tú en algo, entonces es probable que lo sea porque ha fallado más veces que tú. [...]
[…] Si alguien es peor que tú, entonces es probable que no haya pasado por todas las experiencias dolorosas de aprendizaje que has pasado tú. [...]
[…] si logras que el dolor te importe un carajo, nada podrá detenerte. [...]
[…] Si tu parámetro para el valor “éxito bajo el estándar mundial” es “comprar una casa y un auto fino” y dedicas 20 años a trabajar de día y de noche para lograrlo, una vez que lo consigas, el criterio con el que calificaste ya no tiene nada más qué ofrecerte. [...]
[…] Siempre estamos en el proceso de aproximarnos a la verdad y a la perfección sin nunca alcanzar ni la verdad ni la perfección. [...]
[…] Simplemente culpar a los demás es hacerte daño a ti mismo. [...]
[…] Sólo podemos ser verdaderamente exitosos en algo en lo que estamos dispuestos a fallar. Si no estamos dispuestos a fracasar, entonces no estamos dispuestos a lograr el éxito. [...]
[…] Tú ya eres grandioso porque, ante una confusión interminable y la muerte inminente, continúas eligiendo a qué darle importancia y qué debe valerte un carajo. [...]
[…] Y la lección primaria es ésta: no hay nada qué temer. Nunca. [...]
[…] Y si sueñas con algo todo el tiempo, entonces refuerzas esa misma realidad inconsciente todo el tiempo: no eres o no estás donde quisieras estar. [...]
[…] Y si vas por la vida dándole importancia a todo y a todos, sin hacerlo conscientemente o por elección, bueno, acabarás jodido. [...]